El sol aún no salía ¿o eran que las cortinas estaban cerradas? Intentó agarrar el edredón para taparse, pero no hacía frío. Debería hacer frío, era pleno invierno y no funcionaba la calefacción. No se tapó. Quiso dar vuelta la almohada para sentirla fresca, pero no tenía almohada. Abrió los ojos, no estaba en su habitación. Estaba dormida sobre un sillón. Un sillón verde pasto. Estaba sentada en un sillón al lado de una ventana sin cortinas ni persianas. Estaba oscuro. Quiso ponerse de pie y no pudo. No podía mover las piernas. Respiró profundo, no tuvo miedo, ni siquiera se le ocurrió tener miedo ni pensar que estaba soñando. Se agarró de los apoyabrazos para levantarse y se dio cuenta que no tenía nada de fuerza.
Quiso hablar, llamar a su marido. Pero sólo se le salía el nombre de Aimé. ¿Quién era Aimé? ¿Dónde estaba su marido, dónde estaba ella?
Cerró los ojos, los apretó fuerte. Ahora sí pensó que estaba soñando. Hacía frío y estaba soñando, estaba en su cama acostada y se despertaría y todo habría sido un mal sueño.
No abrió los ojos durante un largo rato. Si se volvía a dormir se mezclarían los sueños y luego todo habría pasado.
La despertó un ruido de llaves. Un hombre alto y delgado estaba entrando a su casa. Pero no era su casa. El hombre también llamó a Aimé, a Aimé y a una tal Rafaella. Ella había vuelto a abrir los ojos, en algún momento todo tendría que volver a ser normal. Volver a su cama con barras negras y su habitación con cortinas claras.
El hombre se acercó y la besó en la frente. Hola mamá, hoy desayunaremos solos. Abrió los ojos y lo miró fijo, ¿Mamá?. Él le acercó una taza hasta la boca y comenzó a darle de beber. Ella bebió. Quería seguir el juego. Si jugaba las cartas de él en algún momento todo acabaría.
Le dio unos sorbos a la taza que tenía café con leche y no dejó de mirarlo ni un segundo.
Él le decía muchas cosas, pero ella no lo entendía. Se dio cuenta que tenía dificultad para entender, no era lo que decía, era escucharlo, lograr entender cada letra que le salía de la boca. Ella no le decía, estaba callada, atenta, aterrorizada.
De repente vio los ojos de él ponerse obscuros y sintió un croissant entrarle a la boca. Y otro, y él se reía y ella ya no sabía si algún día iba a despertar.
Le metió otro croissant más y ella ya no podía tragar. No tenía suficiente velocidad en la mandíbula ni suficiente saliva para hacer más fácil la digestión de tanta comida junta.
Él empujó otro croissant hacia su garganta y lloraba con más fuerza. Ella también lloraba, y hasta se le hacía difícil no hacerse pis.
De repente él se quedó quieto, le sacó los croissants de la boca y la hizo vomitar. Luego, acariciándole el pelo, le dijo que se quedara tranquila que ese día no la iba a matar. Y se fue.
Y ella cerrando los ojos aún con más fuerza, se juró que si no despertaba en su casa, nunca más volvería a despertar.
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