Hoy terminé el libro, es una delicia. Entre tanta
tristeza se me escapa una risa, una risa que no distingo si es cínica,
asustada, rebelde o simplemente risa; gastada.
Y siento el cu
erpo de mujer más puro que cualquier otra vez.
Veo su forma de amar, y suspiro, suspiro porque siento paz
por lo mismo que hace días, semanas, meses atrás sentía pánico. Por amar
cada vez más despacio, palpitando igual de hondo pero sonriendo sin tanta
amplitud, y mirando con los ojos, ahora desde la misma altura.
Entonces pienso que soy mujer de mí misma aunque ame a otro
ser. Siento en mis poros el escribir,
leer, pasear, respirar por esos mismos poros que él más tarde podría hacer
sudar.
No lleno mis días de otro, de otro que podría ser masculino
o femenino, pero que al caer la noche se llena de vacío. Lleno mis días de mí, y tanto ha dolido en
el tiempo y en el cambio que al cerrar el libro es como dejar ir el brazo que
se apoya en el hombre como signo de aprobación.
Fue Clara quien me dejo el libro, la misma Clara de ojos
inquietos que de una forma u otra siempre me ha querido decir lo mismo que
Bourdouxhe dice en su libro, lo ha hecho día a día, y ahora con esta lectura se
me coló en la almohada y puso punto final, en lo que espero también sea punto
final de esa etapa personal.
Para Madeleine un agradecimiento y para todas esas
editoriales que no ayudaron a que Madeleine siguiera escribiendo, pues todo lo
contrario a un agradecimiento.
SiLuz

Triste, dulce, inevitable. Un grito feminista al mismo tiempo que una lamentable resignación. Una bella historia de amor, o quizá sólo de obsesión. Sabor amargo, cabreo ante lo injusto de una balanza rota desde el principio. Por lo demás, totalmente de acuerdo con SiLuz.
Publicado por: Ro | domingo 12 de febrero de 2006 en 14:18