Me dividí en dos. Fui yo y mi paralela. Yo y mi hermana gemela que siempre había querido tener.
Una gemela, decía de pequeña, para nunca estar sola, para no ser la única nueva el primer día de clases cada vez que mis padres se mudaban de cuidad, para no estar sola cuando diera mi primer beso. Para no dormir sola. Para ir a los campamentos con ella, con una hermana gemela, mi luz, mi sombra; esa hermana en las tinieblas que se movería fuera y dentro mío, que guiaría mis pasos. Una hermana, igual a ella, para ya nunca más tener miedo. Para repartirnos entre las dos el dolor de tripa, para ser dos las que caminaramos de noche hasta la habitación apagada. Para nunca ser una, para nunca ser una en la comida, ni en la plaza. Para columpiarme conmigo misma, reflejada en mi hermana, en las hamacas que volaran más alto de la plaza. Una hermana gemela, para así quererme a mí misma en la otra, pero eso lo supe muchos años después, cuando ya no quise más una gemela.
Una tarde, llorando, aún siendo pequeña, le pregunté a mi madre porqué mi gemela había muerto. Pero si tú nunca has tenido una hermana gemela, respondió mi madre. Y me dolió, tanto me dolió. Juré nunca parir, a más que pariera doble. Debería haber sido dos, la otra y yo. Yo y la de pelo corto o largo, la otra para reconocer así mis propios miedos. Lo que quería era hacer un reverso conmigo. Darme la vuelta.
Pero crecí amputada, viajé y lloré sola, sola me miré en el espejo de mí misma. Y así odié a los espejos, a los espejos que lloraban cuando yo lloraba y no reían. Tan bien me hubiera hecho una hermana gemela, reconocerme en esos otros ojos. En unos ojos externos, que no fueran tan únicamente míos, como los que miraba en los espejos y que me quemaban por dentro y que me hacían sentir tan vacía, tan perdida.
A veces, cuando soñaba, soñaba por dos, por mí y por esa otra hermana que nunca existió. Soñaba sueños conjuntos y combinados. Sueños de galletas y de playas, o de bailes y de escaleras. Jugaba a estar en mí y en otro sitio, con mi mismo cuerpo que no sería el mío sino el de mi hermana, esa hermana que tendría un nombre largo y que no tendría reverso. Esa hermana no tendría vuelta. Y lloraba por no ser yo, por no tener antónimo ni sinónimo, por no ser más que un alma que existe colgada del planeta.
Me sentaba sola en las cafeterías y no miraba a los lados, no quería saber si me miraban, si notaban que estaba partida, que era la mitad de un entero que siempre fue medio.
Me gustaría estar allí y aquí, allí donde nací y donde me volví la mitad de mi misma, me gustaría volver allí a ver si me encuentro, pero me da miedo. Me da miedo volver a aquél sitio donde el sol es posterior.
Lloré paralizada ante el espejo del mar, hasta que las lágrimas me cubrieron de sal, y el llanto me desplegó de mí misma. Y me volví dos, me convertí en mi paralela.
Yo y mi paralela.
Ya no era una hermana gemela. Tampoco quería, ya, una gemela. Una gemela que se robe mis manos, mis labios, mis besos, mis senos. Yo ya no quiero una gemela. Y tuve miedo. Miedo porque ahora era yo, yo y mi paralela. Pero mi paralela vivía en otras tierras, surcó los mares, y se fue lejos, volvió a ese pedazo de tierra donde el sol es posterior. Así que sentada en un charco de mar me quedé viendo el ocaso y soñando con ser mi paralela, mi hermana gemela.
Últimos comentarios